El ojo humano

Algo muy frecuente entre los apasionados que por vez primera ponen el ojo en un ocular, es manifestar su desconcierto por la sepa de colores, en aquella galaxia, en aquel cúmulo de estrellas, o aquella nebulosa. La creencia general es que deberían verlas como se veían en la propaganda que acompañaba la caja del telescopio antes de adquirirlo.
Suelo sosegarlos con algo sencillísimo que poseemos prácticamente todos al costado en el momento en que observamos en pleno campo sin luz. No observamos ni el tono de la yerba, ni de los árboles, solo solamente su forma y muy difusa. Simplemente por el hecho de que no reciben luz de ningún género y por consiguiente no están alumbrados.

Con las galaxias y nebulosas, etcétera. pasa algo similar. Los fotones que nos llegan de viajan por medio de cientos de millones de km o de una cantidad enorme de años luz y deben atravesar infinitas proporciones de moléculas de gas, de polvo cósmico, etcétera. Entonces al llegar a nuestro mundo, están que de nuevo deben atravesar nuestra atmósfera con muchas capas de aire, de diferente consistencia, de temperatura y de diferente limpieza de polvo y gases terrestres, poluciones múltiples, etcétera. de ahí, que esos fotones llegan muy mermados de la fuerza bastante para ser captados por nuestros ojos.

Galaxia Andrómeda, en color, tras varios minutos de captación

Nuestros ojos, que tuvieron que aguardar unos 20 minutos en medio de una obscuridad para amoldarse y que la pupila aumente unas 7 ocasiones mas su tamaño, capta al fin ese debilísimo fotón, pero como nuestro entendimiento trata esa imagen en décimas de segundo, lo más que nos va a ofrecer va a ser una difusa y enclenque «mácula de algodón» en tonos grises. Entonces….¿esos colores? .
Ya que está claro, las cámaras fotográficas digitales, sean réflex o CCD, tienen la posibilidad de capturar esos debilísimos fotones a lo largo de varios minutos y amontonar toda esa información y procesarla, cosa que nuestros ojos no tienen la posibilidad de llevar a cabo. De ahí, que tras todo el procesado y retoque con programa conveniente, tengamos la posibilidad contemplar esas increibles fotografías del cosmos en varios colores.

Pero no nos olvidemos de nuestros ojos, creo preciso que debemos conocerlos lo más bien que se pueda para comprender de qué manera cuidarlos. Una manera de precaución, que muchos desconocen es eludir las bebidas alcohólicas y los excitantes como el café.

El porqué está claro, estas bebidas merman el contenido de oxígeno en la sangre y exactamente nuestros ojos precisan todo el oxígeno viable en el momento de ver en la obscuridad. Y agregaré que en el momento en que observamos atentamente a través del ocular, la inclinación general es contener la respiración, con lo que restamos oxígeno nuevamente a nuestros ojos.

Por consiguiente, acostumbrémonos a respirar profunda y pausadamente a lo largo de la observación, y oxigenemos con profusión nuestra sangre a fin de que nuestros ojos funcionen bastante superior.
Otro apunte atrayente es comprender que nuestros ojos tienen células fotorreceptoras diseñadas para ver por el día, (los conos) y otras células preparadas para ver a la noche, (los bastoncillos), estos últimos, por supuesto, nos son especialmente útiles para la observación astronómica.

Respecto a los bastoncillos, es conveniente comprender que los astro apasionados, empleamos un pequeño truco, que radica en ver un elemento especialmente enclenque, «de lado». De este modo, la mínima luz del objeto llega a los bastoncillos, considerablemente más sensibles a los fotones enclenques y dejará capturar mejor el objeto esperado. Esta técnica se conoce como «visión del costado».
Siguiendo con los fotones que al fin alcanzan nuestra Retina, estos tienen que pasar por 4 partes indispensable de nuestro ojo:
La córnea, el Humor Acuoso, El cristalino y el Humor Vítreo.

Como entendemos, un haz lumínico de electrones, merced a la manera curvilínea de la retina, deja compensar el lógico cambio de trayectoria pese a atravesar los diferentes medios de difracción.
En el ojo, esos índices de refracción, del cristalino, humor acuoso y humor vítreo, son tan afines que ese haz de electrones del fantasma aparente, solamente padece variación alguna.
Además de los elementos ahora nombrados, en el ojo hay otro elemento fundamental, que tiene como función regular la entrada de un exceso de fotones. La parte pigmentada de nuestros ojos, a la que llamamos Iris y que exhibe el tono de nuestros ojos. El Iris tiene unas fibras musculares minúsculas, que automáticamente y también instintiva se contraen o expanden limitando o favoreciendo la entrada de luz a nuestro ojo. Es por consiguiente, el Iris, un autorregulador del área de la pupila que esta siendo doblegada a la radiación radiante.


Por consiguiente, como resulta lógico, si nos llega un exceso de luz nuestra pupila de forma automática se contraerá reduciendo de tamaño y también impidiendo la entrada de mucha luz. Este movimiento instintivo de nuestra pupila se denomina Miosis. Y a la inversa, si nos encontramos en el campo de observación, pasados unos minutos, nuestra pupila se dilatará paulativamente, abriéndose para hacer más simple la entrada de una más grande proporción de fotones luminosos. Este movimiento, asimismo instintivo se denomina Midriasis.

Algo tan fácil que acostumbramos a efectuar de manera automática toda vez que nos disponemos a montar nuestro telescopio, en una región de obscuridad lo más absoluta viable, es lo que acostumbramos a llamar «adaptación a la obscuridad».